DON FELIPE QUISPE HUANCA. EL MALLKU

− Buenos días compañero, quisiera hablar con usted
− Buenos días señora
− El Sr. Mendoza que es su amigo me ha indicado donde podía encontrarlo, por eso me he permitido venir aquí a buscarlo (estábamos en la sede de la CSUTCB)
− A ese no lo conozco ni en pelea de perros, ahora no puedo hablar con usted estoy en reunión

El personaje me cayó mal, altanero, displicente, desde ese momento sería para mi “Señor Quispe”.

Volvía de un exilio de 30 años, estaba comenzando el trabajo en el ITEI, queríamos investigar las secuelas psicosociales de la tortura y la violencia de Estado durante los bloqueos campesinos de los años 2000 y 2001. Esa era la razón de buscarlo para hablar con él. Después, de ese desencuentro no lo busqué mas. Fueron otros contactos que me introdujeron en Achacachi. Sin darme cuenta estaba recorriendo los mismos caminos que había recorrido de la mano de mi padre cuando era niña, en la época de otro famoso dirigente Paulino Quispe, apodado el “wila sacu” (saco rojo). Mi padre, Fernando Bravo James, militante trotskista (POR “Lucha Obrera”) iba los fines de semana, (cuando sus ocupaciones como profesor universitario y como profesor de escuela primaria le
permitían) a dar cursos de capacitación política. Admiradora de él y de su capacidad de transmitir sus conocimientos en marxismo a poblaciones indígenas, insistía en ser parte de esos viajes. Así conocí el mundo rural, cuando Achacachi era un pueblo polvoriento con humildes casas de adobe con techos de paja.

Años después, Mallkus y Mama Tallas de comunidades de Omasuyos vinieron al ITEI a solicitar formación para ellos y sobre todo para la juventud. El ITEI en ese momento no tenía ni en su planificación, ni en su presupuesto talleres, pero nos parecía importante responder a la demanda. Con donaciones de amigos suizos, comenzamos a dar talleres de formación para adultos. Más tarde, y con proyectos aprobados, iniciamos la formación para jóvenes mujeres y varones Ese trabajo duró 11 años.

Cuando organizamos con los /as jóvenes el “1er Encuentro de Juventudes de Omasuyos”, la juventud solicitó que se cursara una invitación al Mallku. Vino al encuentro con un sequito de seguidores. Al ver reunidos a más de 100 jóvenes de ambos sexos repitió admirativo; “esto es oro en polvo, esto es oro en polvo”. El encuentro estaba totalmente dirigido por los/as jóvenes. Yo y mis colegas estábamos de observadores. En la segunda parte del encuentro, organizaron grupos de trabajo temáticos, formaron varios grupos mixtos, pero hubo uno solo de chicas por decisión de ellas.

En la presentación de los trabajos grupales en plenaria, el grupo de chicas presentó un panel con dibujos, pinturas y textos donde tocaban varios temas como: maternidad temprana, violencia contra la mujer, aborto, incesto. El Mallku visiblemente molesto tomó la palabra, idealizando la cultura aymara dijo: “Esto (señalando el panel) es mentira, eso, incesto, aborto, no existe en nuestra cultura, jóvenes, ustedes no tienen que hacerse influenciar por las feministas europeas -diciendo esto me miraba con ojos de ametralladora – esas no son nuestras ideas, nosotros tenemos el “Chacha-Warmi”, eso es nuestro, eso tenemos que reivindicar. Una mano se levantó, se puso de pie una muchacha y con voz firme le preguntó:

“Hermano Felipe, ¿acaso el chacha warmi impide que mi papá le pegue a mi mamá?, ¿acaso el chacha warmi impide que yo y mi mamá comamos en la cocina y mi papá y mis hermanos en la mesa?,
¿acaso el chacha warmi impide que a mi me digan que no puedo estudiar, que los que tienen que estudiar son mis hermanos?.
Mis lagrimas a punto de saltar, la miraba con admiración por su valentía y claridad, mientras el Mallku quedaba sin palabras.

Durante esos años nos encontramos en varias ocasiones, en 2003 durante la huelga de hambre de campesinos y campesinas en radio San Gabriel, el ITEI realizaba el control medico y psicológico de los/as huelguistas. Cuando llegó una delegación de sindicalistas y activistas sociales suizos/as, los llevé a Achacachi a conocer una región de grandes luchas y para que conversen con los/as jóvenes, también, invité al Mallku. Otra fue su actitud, accedió a que un periodista de la delegación lo entrevistara, contó su experiencia sindical y de lucha, que yo traduje al francés para aquellos que no entendían castellano, compartió con los presentes un aptapi, ahí conocí a otro Felipe Quispe. Vino algunas veces a dar charlas en los talleres y en las “Escuelas de formación política” que organizábamos con jóvenes de Omasuyos y de Huanuni. Siempre me inspiró respeto ese líder indígena que supo erguir la columna vertebral, mirar de frente y hablar de igual a igual. Ese es uno de los legados que deja a la juventud aymara. Una de esas veces comenzó a llamarme hermana, pero como para mi, hermana no significa nada políticamente, no fui reciproca y a partir de ese momento le dije Don Felipe.

Autora: Emma Bolshia Bravo Cladera / Master en psicología por la Universidad de Friburgo-Suiza. Directora Ejecutiva del Instituto de Terapia e Investigación sobre las Secuelas de la Tortura y la Violencia de Estado.